‘Sobre Espectador del naufragio , de Iñaki Bonillas’

María Minera

(publicado en Letras Libres, Julio 2007)

 

Me pregunto si se trata de unas cuantas docenas de personas,

¿o está allí todo el género humano, sobre un barco

decrépito, digno de la chatarra, dedicado tan sólo

a una causa, el naufragio?

 

Hans Magnus Enzensberger, El hundimiento del Titanic

 

Espectador del Naufragio - Colima 180 y 182, Iñaki Bonillas, 2007

 

I.

No, no es un efecto del encuadre: estas casas que vemos son así: inclinadas. Nos lo dicen la banqueta (a esmerada equidistancia del límite inferior de la fotografía), el árbol, los postes de luz: este par, que ocupa los números 180 y 182 de la calle Colima, se está hundiendo. En principio parecería que es sólo eso: el retrato de una estadística. En la colonia Roma se conserva sólo uno de cada diez inmuebles construidos antes de 1950. Aventuro otro cálculo: de entre los que se conservan, la mitad padece el síndrome de la Torre de Pisa. No voy a detenerme aquí a hablar acerca del pasado acuático de la ciudad de México; baste con decir que la diferencia, en todo caso, está en el método: tarde o temprano las casas terminan, todas, a ras del suelo, sólo que algunas de ellas prefieren el naufragio al derrumbe. En esta ciudad, hasta los palacios se sumergen. Y esa tendencia a irse a pique es la que inquieta al artista, Iñaki Bonillas; la que lo hace detenerse frente a cada una de esas casas, alguna vez elegantísimas, que parecen meditar seriamente la posibilidad de abismarse. (He ahí una lección instantánea sobre la fuerza que se requiere incluso para dejarse caer.)

II.

A través del ojo calibrado de una vieja cámara fotográfica, Bonillas examina, desde la acera contraria, el ángulo de cada pendiente. Y, cuando los coches y los paseantes se han ido, dispara; 36 veces sobre 36 fachadas. El asunto, sin embargo, no es revelar la tenacidad con que ciertas construcciones de la colonia Roma se mantienen en la franca indecisión (aventarse o no a la banqueta: esa parece ser su cuestión); de lo que se trata, o eso creía Deleuze, es de captar las fuerzas que operan en esa vista abreviada del mundo que, en este caso, se hunde. El artista se coloca, pues, en la posición de espectador del naufragio . Pero ¿acaso habrá otros después de él?, ¿quién podría asegurar que en este momento esas casas todavía se alzan sobre la calle de Colima? Lo que vemos es entonces lo que hay; o, quizá, lo que hubo. A estas imágenes, insisto, no las anima una urgencia, digamos, testimonial: no es el registro lo que buscan; tampoco poner a salvo la memoria (aunque es evidente que alguna nostalgia las habita). Quieren otra cosa: equilibrio. Y lo intentan: ensayan su propio balance, a partir de las contradicciones que no pueden sino prevalecer (como aconsejaba Whitman). Esto se expresa claramente en la disposición de Bonillas a mostrarnos el reverso de las cosas; la imagen y su negativo (que parece una fotografía tomada a la luz de un relámpago). Pero no sólo ahí: también en la banqueta que se empeña en describir una perpendicularidad desde hace tiempo imposible; o el árbol que se ufana de su impulso vertical y parece decirles a esas casas lo que el pino de Angelo de Gubernatis al soñador derrumbado: ‘Sé como yoÖ yérguete’. El árbol, una jacaranda tal vez, acentúa, con su ademán aéreo, el movimiento de las ventanas y las puertas que, sin el menor espíritu de retorno, avanzan en la dirección contraria. Lo mismo ocurre con la postura, imaginada, del fotógrafo. Finalmente, el hombre, diría Bachelard, ‘como el árbol, es un ser en el cual unas fuerzas confusas vienen a ponerse de pie’. (Aunque, desde luego, hay algunos manzanos que, como observó Francis Jammes, ‘prefiriendo la belleza de sus frutos a la conservación de su equilibro, se quiebran’. Pero esos, ‘están locos’.) Pero el artista, a diferencia del árbol, decide, en lugar hacer gala de su verticalidad, ser el eje que, por un instante, reúne las líneas que de otro modo permanecerían dispersas. La intensidad del declive depende, pues, de su mirada. Y, al final, el naufragio es porque él así nos lo anuncia, como hace el narrador de El Hundimiento del Titanic :

Calado hasta los huesos, diviso gentes con baúles chorreantes.

Los veo, de pie sobre un plano inclinado, recostados al viento.

Bajo una lluvia oblicua, borrosos, al borde del abismo.

No, no es un sexto sentido. Es el tiempo,

el mal tiempo el que los empalidece.

Les advierto, les grito, por ejemplo,

señoras y señores, andáis por mal camino,

estáis al borde del abismo.

Pero sólo me otorgan una débil sonrisa y responden altivos:

Gracias, lo sabemos.

 

Y ahora nosotros también.

 

 

 

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