Momentos de lucidez utópica

Wonne Ickx y Ruth Estevez

(“Momentos de lucidez utópica / Make no little plans” Wonne Ickx y Ruth Estevez, en revista Replicante, mayo - julio 2006 (primavera 2006) , Vol. II - no. 7)

 

‘No hagas planes pequeños. No tienen la magia para exaltar al hombre y probablemente nunca se llevaran a cabo. Haz grandes planes. Cree al máximo en la esperanza y el trabajo, un diagrama noble y lógico que una vez registrado, no morirá jamás.’ - Daniel H. Burnham (1)

 

El urbanismo y por ende la arquitectura fueron, o tal vez todavía lo son, una prolongación de la necesidad humana de imaginar un futuro mejor. Si la religión recreaba a través de la fe un mundo celestial sólo alcanzable por medio de la catarsis meditativa o la propia expiación de la muerte, la arquitectura se concretaba como instrumento terrenal conformador de paraísos tangibles bajo ideologías concretas, como aquellas que formularon los socialistas utópicos del siglo XIX.(2)

La creciente industrialización de la tierra y la explosión demográfica que masificó en pocos años la población urbana mundial, unidos a una fe creciente en la ciencia y el conocimiento humano por encima de la cultura y los paradigmas de lo local, convirtieron al urbanismo en la herramienta sustancial de una ideología para el progreso; un habitáculo para pensar sociedades alternativas que satisfaciesen las necesidades del nuevo hombre moderno.

Partiendo de supuestos funcionales impregnados de una fuerte dosis de imaginación y aspiraciones futuristas, se crearon un sin número de proyectos como respuesta al compulsivo devenir del desarrollo urbanístico. Ya sea desde el nominativo de arquitectos visionarios o científicos sociales, revolucionaron el legado de la dimensión física atendiendo a problemas de orden social, económico, político, cultural e ideológico, configurando una sistema que sustituyera la red jerárquica por un aparato espacial democratizado.

Las megaestructuras construidas en la década de los sesenta se apoyaban en el descubrimiento de nuevas tecnologías como la biología molecular, los avances en telecomunicaciones y la conquista del espacio. En esos proyectos se contrastaba la estructura base que organizaba el funcionamiento y la cohesión de la sociedad, con las células individuales que ofrecían absoluta libertad a los nuevos nómadas modernos. La Ville spacial de Yona Friedman recreaba sobre papel una nueva ciudad encima del París existente, convirtiendo la fragilidad del aire en un nuevo terreno para ser habitado. En el proyecto plug-in city los arquitectos ingleses de Archigram (3) unían Gran Bretaña con Europa por medio de una megaestructura de doce pisos de altura que comenzaba a crecer desde Londres hasta París. En el último nivel se ubicaban las grúas permanentes y las líneas de transporte, encargadas de producir nuevas unidades, en una ciudad en reconstrucción constante. No menos espectacular era la idea de Buckminster Fuller de cubrir la isla de Manhattan con una cúpula geodésica o el proyecto de los vanguardistas italianos de Superstudio con su idea de construir un Monumento Continuo que proclamase desde ese nuevo espacio estelar recientemente conquistado la existencia humana comprimida en el gesto arquitectónico de la urbanización total.

Más allá de su contenido ideológico, muchos de los trabajos de estos arquitectos visionarios eran proyectos con intenciones pragmáticas y funcionales. Sin embargo, el carácter utópico que los conformaba encontraba mayores ecos en el campo artístico que en la disciplina urbanística. No es de extrañar que en 1960 el propio MoMA dedicará sus sagrados pasillos a exhibir, con el título Visionary Architecture, la nueva cara del fenómeno urbanístico. Fuera de convertirse en un mausoleo exoticista de proyectos extraordinarios, la temática era fiel al espíritu de la época: el encuentro entre lo posible y lo concreto se había vuelto sumamente problemático.

¿Cuál era pues la diferencia entre el proyecto visionario y la fantasia utópica? Más que al orden de la práctica, la discrepancia radicaba en la cualidad de los enunciados y la concreción del aquí y el ahora. Un ahora no entendido como un presente inmediato, sino una factibilidad con posibilidades reales. La utopía, sin embargo, abocada necesariamente a lo imposible, descarta la posibilidad de fracaso.

Entender con qué idea se formula el concepto de utopía es tan difícil como el ejercicio obligado de la abstracción cognoscitiva. La utopía desplaza el presente recomponiendo una sociedad primitiva ideal o una reberveración nostálgica de un pasado difuso que, por el hecho de serlo, se descarta del orden cronológico de la historia. Con estos términos, más que vislumbrar un futuro desde el momento actual, la utopía, sustancia atemporal, parece formular las carencias del momento que acontece, construyendo universos paralelos.

El proyecto visionario arquitectónico, al contrario, se coloca dentro de la historia como una interfase real entre lo conocido/construido y el futuro. En el caso de los proyectos visionarios de los sesenta la práctica arquitectónica le permitió un espacio a la teoría, concediéndole la posibilidad de ahondar en la imaginación sin contradecirse con obstáculos de índole moral a los que había estado sometida en el pasado.

 

¿Qué pasó con el urbanismo?

‘Bajo el pavimento, la playa’ fue un slogan que surgió durante el 68 en contra de una fiebre urbanística que parecía atentar desde las mismas entrañas de un modernismo persistente contra un ser humano libre, capaz de desafiar los deseos absolutistas de una planeación central. Este momento fue parteaguas en la manera de concebir una nueva forma de sociedad; Michel de Certeau4 vio en la Revolución de Mayo la irrupción de nuevos sujetos sociales que tomaban por primera vez la palabra para apelar diferentes grados del orden social que hasta entonces no habían sido cuestionados. Lo ‘radical’ se convirtió en el estandarte simbólico para desabilitar la lógica consumista del sistema vigente. El urbanismo como mecanismo organizador representaba un poder central (generalmente del Estado) que no dejaba opción a discursos paralelos que se cruzaban diametralmente desde abajo.

La ciudad planificada nunca existió; restructurada a través de un organismo de parches y suturas, los arquitectos y urbanistas se convirtieron en estetas de la contemplación, en meros constructores de espacios individuales, donde la arquitectura se regodea en sí misma con un único mecanismo regulador ubicado en la ley de la oferta y la demanda.

Para describir la crisis urbana que vivimos hoy óo quizás para definir la nueva condición globalizada de la ciudad actual en la cual el urbanismo parece ser negado por la propria fuerza misma de la lógica de la ciudadó Rem Koolhaas, gurú-arquitecto del siglo XXI, propone el término de ‘ciudad genérica’; algo así como una metrópoli al estilo de Los Ángeles, escenificada a manera de ‘gestalt’ repetitiva en África o en Asia con parámetros similares.

Bajo esta nueva situación de la ciudad que profetiza Rem Koolhaas ya no hay alquimia posible, precisamente porque no existe más metamorfosis que aquella que se crea por sí sola. El devenir urbano es una masa amorfa intrínsicamente asentada en su movimiento inerte. La ciudad se comió al urbanismo. ‘Estábamos construyendo castillos de arena. Ahora nadamos en el mar que se los llevó’.(5)

Pero es posible que este vacío e incertidumbre que metafóricamente describe Koolhas como un mar lleno de ruinas ‘arqueológicas’, convertidas en aeropuertos, centros comerciales y autopistas, son el caldo de cultivo ideal para un interés renovado en estos proyectos de hace ya cuarenta años. Nuevamente en 2002 el MoMA prestó su sede para exhibir los dibujos recogidos de la colección privada de Howard Giltman con el título de The Change of the Avant-Garde, Visionary Architecture Drawings . El año pasado invitaron en Holanda a los principales protagonistas de pasadas propuestas visionarias para sentarse nuevamente a dialogar sobre todas las experiencias que motivaron la matriz y el ocaso de aquella primavera arquitectónica. Debate que se recoge en un libro cuyo título parece sentenciar el proceso ocurrido: Exit Utopia .

En realidad, no se trata de rescatar de aquellos proyectos el proceso o la planeación urbana en su sentido conceptual y mucho menos en el técnico. Su imposibilidad prágmatica (‘ It´s a very good idea. You would need a dictorship to do do it’ )(6) debilitaba el propio discurso que los constituía precipitándolos hacia ese fracaso del que sólo la utopía podía salir exenta. Al observar los diseños arquitéctonicos que contituían esas propuestas uno no puede más que pensar en viejas series de ciencia ficción de los cincuenta, reflejo prometedor de un siglo XX plagado de esperanzas.

Si la utopía es la búsqueda nostálgica de un pasado que no se sabe a ciencia cierta si existió o es un residuo de una memoria imaginaria, tal vez sea necesario volver a revisar aquellos proyectos y recuperar los fragmentos olvidados de aquella vitalidad sesgada por un aferrado uso de la razón. El que la historia sea una sucesión cronológica de momentos en un devenir sin fin no quiere decir que estemos abocados a la catástrofe de la entropía. Tal vez haya que recuperar aquello que parece parpadear efímeramente, aunque sean sólo momentos de lucidez utópica, fundamentalmente para ir en contra de un pensamiento económico restrictivo, en el que la apatía es, paradójicamente, la única energía de una ciudad que se come a sí misma.

 

Ville Spatiale, Yona Friedman, 1967

 

 

Notas:

(1) Daniel Hudson Burnham (1846-1912),arquitecto y urbanísta, fue responsable de muchas de las obras que hoy componen la ciudad de Chicago. ‘Make no little plans’ es la principal cita atribuida a este visionario de la arquitectura de principios de siglo.

(2) En la Primera Internacional surgió el debate que habría de resultar en el histórico y desastroso cisma entre marxismo y anarquismo. El núcleo de ese debate giraba en torno a la necesidad o no de las vanguardias para la transformación de lo social y en el papel de esas vanguardias, pero parte consustancial de éste eran también aspectos relacionados con lo que ahora denominamos paradigma ecológico, como las diferentes concepciones de la relación del campo con la ciudad, del hombre con la naturaleza y, en suma, de la noción de progreso. Carlos Verdaguer Viana-Cárdenas, Boletín CF +S 32 33, marzo de 2006, Instituto Juan de Herrera, Madrid.

(3) ARCHIGRAM dominó la vanguardia arquitectónica de los 60´s y principios de los 70´s, inspirados en la estética pop y el futuro tecnocrático. El conjunto estaba formado por un grupo de jóvenes arquitectos independientes (Warren Chalk, Peter Cook, Dennis Crompton, David Greene, Ron Herron y Michael Webb).

(4) Según Michel de Certau, en mayo del 68 el pueblo se toma en serio por primera vez el lenguaje democrático. Sin embargo, esta palabra se quedaría sólo en su cualidad semántica ya que no sirvió para crear una unidad política e intelectual nueva, porque se limitaba a rechazar el viejo orden sin llegar a definir una identidad propia. Más información en La toma de la palabra de Michel de Certeau y en El movimiento de mayo o el comunismo utópico de Alain Touraine.

(5) Rem Koolhaas, 1994, What Ever Happened to Urbanism?, en ‘S,M,L,XL, OMA’ (con Bruce Mau), Nueva York: The Monicelli Press.

(6) Priscilla Chapman, 2005, ‘Design for living. The plug-in City’ en Exit Utopia, Munich: Martin van Schaik y Otakar Mácel Editores.